CELTIA 2020

JUEVES 15 DE OCTUBRE

 

He salido de Madrid nada más terminar la revisión que me ha hecho el cirujano. A las dos de la tarde abandonaba la capital sin haber pasado ningún tipo de control de la policía debido al confinamiento de la pandemia. Ni siquiera he visto alguno de Policía Nacional o Guardia Civil. Como tenía tiempo de sobra, me he desviado de la ruta, para acercarme a ver las lagunas de Villafáfila. Tras recorrer unos pocos kilómetros he llegado a un erial donde el GPS me indica que se encuentra la laguna más grande. Ha sido una decepción y una pérdida de tiempo. De vuelta a la carretera, a proseguir mi ruta hacia la ciudad en la que voy a dormir, Puebla de Sanabria, en la provincia de Zamora, donde voy a pasar dos noches. Cuando la tarde declinaba me he instalado en la modesta habitación del hotelito de las afueras de la ciudad y luego he subido andando al centro del casco urbano, buscando un restaurante que tenía buenas referencias, pero estaba cerrado. Mientras buscaba otro restaurante, he hecho un recorrido por la zona medieval del pueblo y el castillo. Ambos estaban totalmente restaurado, con aspecto de decorado de película, ya que el aspecto era totalmente homogéneo, tanto por los colores, como por las proporciones de las casas. Me recordaba a la restauración de las casas de Patones de Arriba en La sierra de Madrid, o a las modernas urbanizaciones de Benasque en Huesca, construidas como las antiguas casas de los Pirineos aragoneses. He entrado a un bar y tomado un par de vinos escuchando los chascarrillos de los lugareños, pero no daban cenas y al final me ido y he entrado en un restaurante que anunciaba menú del día para comer y cenar. Pongo el nombre por si alguna persona que pueda leer esto piensa visitar este pueblo. Se llama “Tribal” y verdaderamente es una basura. En lo único que no me han engañado, es en el vino que ha sido mejor de lo que me pensaba. El resto es un robo por la mínima cantidad y la ínfima calidad. Además el encargado o jefe del bar restaurante ha sido tan desagradable que de las cuatro personas que han entrado después de mí, tres se han marchado recriminándole su actitud. Después de la tarta de Santiago, que ha sido lo segundo más decente de la cena, me he vuelto andando al hotel. Allí en la cafetería me he tomado un café con un chupito de ron y me voy a dormir. Mañana voy a ver una cascada e intuyo que el camino de ida y vuelta de 10 kilómetros, con alguna pendiente notable, se me va a hacer muy duro tras el parón de la pandemia y la operación.

VIERNES 16 DE OCTUBRE

 

Tras haber desayunado en la cafetería del hotel, me he desplazado hasta Sotillo de Sanabria, donde comienza el camino que lleva a la Cascada de Sotillo. He llegado a las ocho y media de la mañana, cuando el día se levanta y empieza a clarear. La temperatura era de -2º. Me he puesto las botas y revisado la mochila para no dejarme nada en el coche, y he comenzado a subir. La subida es un poco empinada a tramos, pero lo peor es que gran parte del sendero es ta lleno de grandes piedras que dificultan el ritmo y me machacan los pies. He notado mucho la falta de forma, los años y los kilos de mas cogidos durante los últimos meses. Aparte de esto, la mochila, entre equipo fotográfico, accesorios y avituallamiento debía de pesar como 12 kilos. lo único bueno del camino (si es que es bueno) ha sido que las piedras estaban secas como el resto del entorno. Poco a poco he ido entrando en un bosque que iba ganando belleza. Los castaños, robles, avellanos y acebos se alternaban con un bonito colorido, creando una bella gama de colores otoñales. Al llegar a un punto del sendero, al cabo de hora y media de subida, comienza una bajada abrupta por las rocas y de gran desnivel, que me ha hecho llegar al mirador muy cansado. La cascada es preciosa y tiene buen nivel de agua, a pesar de lo seco que está todo. Me he acercado todo lo que he podido, trepando y sorteando zarzas por el lateral izquierdo de la base. Tras hacer unas fotos, he tomado un poco de fruta y abundante agua y he comenzado la vuelta. Tenía la opción de volver por otro camino, un poco más corto que lleva al pueblo. Pero por lo visto en la red, casi nadie vuelve por esta ruta, sino desandando el camino por el que he venido. Así que he vuelto al sendero reptando por lo que antes era una dura bajada, y ahora una durísima subida. Ya en el sendero el descenso es llevadero, excepto los tramos de piedras de cierto tamaño que me destrozan los pies. Al llegar al coche eran las dos de la tarde, así que he comido algo mientras descansaba las piernas.

A continuación he vuelto a Puente para coger la carretera que sube al Lago de Sanabria, y he aprovechado para tomarme un café. Una vez en el lago, tranquilamente me he ido a ver las playas. Recorriendo playas, mientras rememoraba el tiempo pasado en los lugares donde hace 28 años participé en el rodaje de un video, he llegado al nuevo Ribadelago.

En las afueras del antiguo pueblo, arrasado por la rotura de una presa en 1959, he estado buscando el comienzo de una ruta que a lo mejor hago mañana. Cerca de allí hay un ensanche del río Tera, que es el que abastece el caudal del lago, con un poco de vegetación de ribera. Allí he visto un cartel con la indicación del Cañón del río Tera. Así que, en cuanto he cogido mis cosas del coche, he empezado a recorrer el sendero que transcurre por una bifurcación del cauce del río cuyo lecho es de cantos rodados de gran tamaño, lo que dificultaba la marcha. El paraje se ha convertido en un erial desolador flanqueado por las montañas del Este. Al cabo de un rato el sendero se va acercando de nuevo al río, mejor dicho se junta con el río en un estrechamiento del mismo, producido por el desprendimiento de grandes rocas. Entonces he oído el ruido de una caída de agua. He sorteado unas cuantas rocas y he llegado a una poza del río, entre la pared y las rocas. El agua de la poza viene de un pequeño salto de agua que surge entre grandes rocas de granito caídas de la pared y acopladas entre ellas por la continua erosión del flujo de agua. Me encontraba como a cincuenta metros del chorro y era imposible acercarme. Pero no me he resistido y saltando de piedra en piedra me he colocado lo más centrado que he podido. Al final he saltado a una gran piedra en la que he puesto el trípode para poder hacer alguna foto. Ese momento ha sido el mas bonito del día, por la sensación de paz que he sentido en medio del río oyendo el sonido encajonado del chorro.

Estaba oscureciendo y la vuelta no era sencilla, satisfecho con el día pasado, he retornado hasta el coche casi sin luz, aunque me ha dado tiempo a hacer alguna foto en la vegetación de la ribera.

De vuelta al hotel me he dado una ducha y me he ido a cenar al restaurante que ayer no encontré abierto. En Casa Paca he disfrutado de una comida sencilla pero de excelente calidad, un buen vino de la zona y un precio mucho más que correcto. No me extraña que esté tan bien valorado en las redes. Al llegar al hotel he cogido una cerveza de la cafetería y me la estoy tomando mientras escribo. En cuanto termine me acuesto. Estoy tan cansado como satisfecho.

SABADO 17 DE OCTUBRE

 

Me he levantado temprano y a las ocho dejaba el hotel después de haber cogido todas mis cosas. Al final he optado por subir por la carretera que bordea en altura el lago, en sentido contrario a las agujas del reloj, en dirección a San Martín de Castañeda. He atravesado el pueblo y he seguido por una carrera de montaña hasta su fin, donde se encuentra el aparcamiento de la Laguna de los Peces. Desde allí se pueden hacer tres rutas, dos de ellas largas y duras y otra más suave (que es lo que necesitaba tras el día de ayer) de 7,5 kilómetros de ida y vuelta y poco desnivel.

La bajada hasta la Laguna de los Peces, de la que el aparcamiento tomo su nombre, es suave tras un tramo empedrado para que se pueda acceder en silla de ruedas hasta un punto en el que se divisa la laguna de lejos. Según me iba acercando me parecía más bonita, impresionantemente encajada en el entorno. He pasado un buen rato haciendo fotos, disfrutando del momento y respirando la paz de la soledad en el monte. Me hacía mucha falta volver a tener esas sensaciones tras las frustraciones vividas durante los meses  anteriores, por la anulación de mi viaje a Estados Unidos.

Al terminar de hacer las fotos he comenzado el ligero y pedregoso ascenso hasta la Laguna de las Yeguas. Tanto esta laguna como la anterior son de origen glaciar, presentando la morfología típica de las mismas. El sendero transcurre por un collado suave y bello, pero de andadura complicada por las piedras del suelo, vestigio de las morrenas de los glaciares. En el momento que he divisado la Laguna de las Yeguas el corazón se ma ha disparado al descubrir un paisaje encantador, sereno e impresionante en su sencillez. He disfrutado haciendo fotos durante todo el recorrido de vuelta y creo que con la emoción desbordada por el cúmulo de sensaciones del paseo. Al llegar al coche he comido algo caliente ya que la temperatura había bajado al nublarse el día, haciendo más frío que cuando he llegado esta mañana.

Después de comer he bajado hasta el valle de Sanabria para coger la N-525 hasta Verín, donde voy a pasar tres noches. He intentado hacer el trayecto por el antiguo trazado, y he pasado por una sucesión de antiguas edificaciones ahora abandonadas y algunas derruidas. En contraposición a esta visión, se veía un poco más allá, a veces más próximas y en paralelo, la nueva carretera N-525 salvando los desniveles sobre unos grandes pilares y la moderna A-52 cuyos pilares son de dimensiones gigantescas.

Al llegar a Verín me he encontrado que la ciudad está confinada y una vez en el hotel, situado en el casco antiguo, tras llamar al teléfono del dueño, baja de la vivienda que tiene justo al lado del hotel y descubro que voy a estar solo en el pequeño establecimiento familiar y que no hay desayuno caliente, si no que cada noche me dejarán en la puerta de mi habitación un paquete con zumo, bollería y fruta. No había otra opción, ya que el hotel no había sido cerrado por el Ayuntamiento, como otros, al tener mi reserva hecha por anticipado. El dueño me ha comentado además que en toda la ciudad solamente habían dejado abiertos dos restaurantes, una pizzería y un kebab para que la gente que lo necesitase pudiese comer algo si en su casa no tenía. Tras registrarme y ducharme me he dado un paseo por una ciudad desierta, aunque creo que el casco antiguo está muy deshabitado habitualmente ya que se ven muchas casas prácticamente derruidas. Entre el desastre del casco antiguo y el vacío de gente, me he sentido como el protagonista de una película de serie B de los años 70, pero sin marcianos ni zombies.

Unos de los restaurantes que permanecía abierto en la ciudad está en la misma calle del hotel, como a unos 200 metros. Es un asador muy grande pero que había reducido el número de mesas y sin servicio en la barra. Para cenar me han ofrecido una chuleta de aguja de cerdo con patatas y una ensalada de tomate y cebolla. Estaba todo riquísimo acompañado de vino de la tierra. Para terminar he tomado un café y un chupito. Mi sorpresa ha sido al pagar, ya que la cuenta ha sido solamente de 10 €.  A continuación me he dado una vuelta por la vacía ciudad y luego me he venido a la habitación del solitario hotel a escribir y ahora mismo me voy a dormir.

DOMINGO 18 DE OCTUBRE

 

Como es habitual en mis viajes, me he levantado temprano y tras desayunar parte de lo que me dejaron ayer en la habitación. He sacado el coche del garaje y me dirigido hacia Portugal. El amanecer nublado de Verín era espectacular pero no he podido encontrar ningún sitio en la carretera para parar y hacer unas fotos. Quería tomarme un café, pero todo estaba cerrado. Sin saber por qué, al entrar a Portugal, el GPS se ha vuelto loco y me ha llevado por un montón de carretera estrechas y peligrosas, pasando por aldeas minúsculas que parecían sacadas de otro tiempo y disfrutando de bellas vistas entre los blancos de niebla. Por fin he llegado a Montealegre y a partir de allí he ido directo. He tardado, en solamente 110 kilómetros de recorrido, dos horas y media.

Una vez llegado al acceso, he cometido el error de querer aproximarme lo máximo posible a la cascada. Según había leído la pista era accesible y no es así, por lo que en un ensanche en el que he podido dar la vuelta, he estacionado el coche. He comenzado el descenso hacia el río para luego subiendo un poco, tras cruzar un puente, acceder a la cascada de Cela Cavalos. Hacía demasiado calor mientras bajaba por la empinada cuesta, por lo que al llegar a la base de la cascada he sentido un soplo de frescor. La cascada no es muy alta ni tiene mucho caudal pero se abre mucho en su caída y creo que es bonita. Me he acercado para hacer unas fotos saltando por las rocas de la base y cuando estaba acabando ha llegado una mujer joven que venía a recoger ls basura que va dejando la gente por los alrededores de la cascada. Me ha contado que por encima de la cascada hay una poza muy bonita. Para llegar a ella he tenido que subir por el lateral de la cascada, donde están los restos de un antiguo molino, gateando por las piedras. Al llegar arriba me encuentro con una balsa de agua, encajonada en la roca, de un precioso color esmeralda. He hecho alguna foto, aunque el contraste era fortísimo, como mejor he podido. Por lo menos he podido disfrutar de un rato muy placentero en este bonito paraje.

Tras bajar de nuevo al río he comenzado la subida por el camino de vuelta con un sol que calentaba mucho, quedándome en camiseta y con el sombreo cubriéndome la cabeza. La pendiente es fuerte y he tardado una hora en hacer los casi tres kilómetros de pista que me quedaban hasta el coche. Al llegar al coche he tomado aliento, he comido una naranja y me he cambiado de calzado. Ha sido entonces, al empezar la subida por la pista cuando me he dado cuenta del error cometido al venir. En un tramo de suelo de roca y mucha pendiente he perdido agarre y he tenido que dejar caer el coche para tomar carrerilla y emplearme a fondo con el acelerador. Lo he pasado fatal pensando que no podía subir y al final del repecho de piedra he rajado una rueda.

En la gasolinera que hay en el pueblo al lado de la presa de Paradela he rellenado el aire de la rueda que perdía poco a poco. En el Snack Bar de la gasolinera he aprovechado para comer un básico menú del día portugués.

He vuelto hasta el hotel parando en todas las gasolineras del trayecto para rellenar el aire de la rueda, que se iba degenerando por momentos. Al llegar al garaje del hotel he llamado al servicio de asistencia que rápidamente ha venido y me ha cambiado la rueda. El mecánico me ha dicho que la rueda no tenía arreglo y me ha indicado dónde se encontraba el mejor taller de ruedas de Verín. He vuelto al restaurante de ayer en el que he cenado de maravilla por 15 euros. Me dado un paseito para relajarme y bajar la cena. Luego he vuelto al restaurante a por una cerveza para tomármela mientras escribo en el hotel. Estoy cansado aunque y no he andado demasiado, ha sido un día muy duro.

LUNES 19 DE OCTUBRE

 

Esta mañana tenía que ir a poner ruedas nuevas al coche y como el taller no abre hasta las 9, he podido dormir bastante más tiempo. El desayuno ha sido en la habitación de nuevo con mucha pausa y luego he salido a solucionar el tema. He tenido la fortuna de que el taller tenía un par de ruedas de las idóneas para mi coche, que no son muy normales, así que un poco antes de las diez he podido salir para el Parque Natural O invernadero. El trayecto ha sido largo, pero no por el kilometraje, si no por las pendientes y las curvas del camino. Al llegar a la entrada del Parque Natural me he dirigido al control de acceso, pero no había nadie, así que he accedido a la pista y he hecho lentamente el recorrido has ta el final. Durante el recorrido por la pista he disfrutado de un paisaje brutal por el número de árboles que vivían en las ladera. Hay tanto especies autóctonas como especies plantadas, tipo pino red wood o abeto Douglas. Esto es debido a que hasta hace relativamente pocos años es tos bosques se destinaban a la tala maderera. Para mi entender estas especies foráneas debían de talarse para que solamente se desarrollasen las especies autóctonas, más lentas en crecimiento pero más concordantes con la filosofía de un parque de especies autóctonas. La señalización para las visitas (20 personas diarias) es escasa y a veces ininteligibles. He comentado a hacer una ruta, la de las truchas, y he confirmado mis peores sospechas. Creo que es un espacio con grandes posibilidades para el ocio y disfrute de los amantes de los bosques y paseantes en general. Se restringe el número de visitantes para hacer un espacio natural del que no se puede disfrutar, por falta de una planificación y gestión, por las personas que al fin y al cabo pagan por su protección. A ver si los gestores de este país aprenden a gestionar los espacios con un enfoque distinto como hacen en otros países y no como el corralito de una pseudoparcela investigadora sin contenido real de pedagogía, enseñanza y de futuro. Tras un par de horas recorriendo los bosques a mi libre albedrío y ante la pertinaz lluvia, he vuelto hasta el coche y una vez en él, he vuelto al hotel de Verín con un sentimiento de decepción a pesar del potencial que O Invernadoiro tiene como espacio natural para el disfrute de los amantes de la naturaleza en general y de los bosques en particular.

Una vez llegado al hotel me he duchado y cambiado de ropa. He decidido que mañana me voy a conocer otros sitios que me gratifiquen más. La lluvia arreciaba y he tenido que irme a una tienda a comprarme un paraguas, ya que no traía ninguno en el coche. Como hoy era mi última cena en el asador, me han han ofrecido un buen plato de langostinos impresionantes, una hamburguesa casera hecha con carne de ternera rubia “no sé qué” autóctona con patatas fritas y una ensalada. De postre he tomado una tarta de yema y almendras impresionante. He bebido buen vino, café y chupito. Por todo ello he pagado 20 euros. A pesar de no poder haber elegido, el asador ha sido muy buen sitio para cenar estas tres noches.

Mañana dejo esta zona y me desplazaré a otro lado. Ahora mismo estoy escribiendo esto tomándome una cerveza y en cuanto acabe me acuesto.

MARTES 20 DE OCTUBRE

Me he despertado temprano y por fin hoy ya he podido desayunar caliente en el hotel. Tras pagar la cuenta he recogido mis cosas de la habitación, las he cargado en el coche y he salido de Verín con destino a Manzaneda, para poder disfrutar de los bosques de castaños gigantes, muchos de ellos con más de 500 años de vida y algunos milenarios. El trayecto discurre por una preciosa carretera aunque la lluvia ha hecho un poco tensa la conducción. He pasado por puertos, valles y collados de gran belleza y mucha frondosidad de vegetación. Al llegar a Manzaneda me he dirigido al inicio del camino que lleva al Souto de Rozavales y a continuación al Castiñeiro de Pumbariños. Ha sido un agradable paseo  en un momento en que la incómoda lluvia ha amainado e incluso cesado. Los castaños que se ven son antiquísimos con troncos de gran anchura y relativamente bajos por la poda desarrollada sobre ellos durante cientos de años. Al final he llagado hasta donde están los castaños milenarios de Pumbariños y he podido disfrutar de la contemplación de unos árboles de impresionante porte que seguían produciendo unas grandes castañas. Aunque la situación no es fácil por el relieve del terreno, creo que he conseguido hacer alguna foto decente. Durante el retorno al coche la lluvia ha aumentado considerablemente  y el camino lo he hecho con demasiada prisa, sin casi detenerme a disfrutar del lugar. Una vez en el coche he comido algo caliente y me he dispuesto a continuar el camino.

Mi siguiente destino ha sido Mouruás, el recorrido lo he hecho por una carretera complicada por el trazado, el desnivel y la lluvia. A los dos lados de la carretera se veían las escarpadas laderas cubiertas de cepas con sus colores de otoño. Es la Ribeira Sacra con sus famosos viñedos. Al llegar a Mouruás me he acercado al inicio del sendero que baja a hasta Reboleiras do Navea y San Xoan de Río. Me he adentrado en un bosque de roble albar. castaño y avellanos de una frondosidad impresionante. Había cada vez menos luz a causa de lo nublado que estaba el cielo y la profundidad del valle. Por un momento me he sentido inmerso en los bosques encantados de las leyendas de las ánimas y los hombres lobo tan famosas por estas tierras y he sentido un cierto estremecimiento. Solo se oían mis pasos y el siseo de las ramas mecidas por el viento.

Mi intención era hacer un recorrido circular, pero la lluvia ha vuelto a apretar y he vuelto por donde he bajado como si estuviese corriendo una carreta de montaña. He llegado exhausto y húmedo al coche. Tras cambiarme de chaqueta y calzado he recuperado el resuello y he decidido que tal como se había puesto la tarde, con esa lluvia tan densa, iba a ser imposible hacer nada más. Así que me he dirigido hasta Castro Caldelas donde voy a pasar la noche. Al llegar al hotel me he subido a la confortable habitación donde me he dado una tonificante ducha y he lavado unos pares de calcetines que he puesto a secar en los radiadores. La ciudad tiene una parte medieval por la que he paseado bajo el paraguas, pero no da mucho más de sí. La mayoría de los establecimientos estaban cerrados, excepto los bares de la carretera y una tienda de productos típicos aledaña. En uno de los bares me he tomado un vino, pero no había posibilidad de nada más. Hay también un mesón en el que anuncian menú del día y he entrado a cenar, a pesar que era un poco pronto, pero no estaba dispuesto a andar bajo la lluvia más tiempo. De primero he tomado unos deliciosos pimientos rellenos de tortilla de patatas y de segundo un bacalao en una especie de salsa verde, de lo mas seco que he visto en mi vida. De postre me han ofrecido arroz con leche y no me he podido resistir y aunque he dicho que muy poco, me han traído un plato sopero con el que podían haber tomado postre una familia. Todo ello regado con un vino que no estaba malo. Al final he pagado 10 euros por todo. De vuelta al hotel me he puesto a escribir esto y cuando acabe voy a entretenerme un poco con la televisión y a dormir, esperando que mañana no llueva tanto.

MIÉRCOLES 21 DE OCTUBRE

 

No ha parado de llover mucho en toda la noche, así que tras ver la previsión del tiempo anoche y la de esta mañana, al final he decidido que me iba a Las Medulas, que aunque está un poco apartado, dan solo chubascos ocasionales. He bajado a desayunar a uno de los bares del ensanche de la carretera, que es el que se encarga del desayuno de los clientes del hotel. Me han ofrecido zumo de naranja natural, bollería, tostadas con aceite, mermelada, mantequilla, tomate….. He tomado un zumo y café con leche con una impresionante tostada de aceite y tomate.  Y hasta me he disculpado con el dueño del bar por no comer más, pero solamente con la tostada desayunaba todo un orfanato. El camino en coche hasta Las Médulas sido un poco largo pero bonito a pesar de las curvas. Al llegar a lo que es el pueblo principal estaba todo cerrado, incluso el centro de visitantes. Solamente pasaban destartalados vehículos con personas autorizadas que iban a coger castañas o a llevarlas a los almacenes. Ante la imposibilidad de hacerme con un plano en papel, no me ha quedado más remedio que descargarme un plano con poco detalle en el móvil. Pero por lo menos he podido conducir hasta un aparcamiento donde comienza la Senda de las Valiñas (valles pequeños en gallego). He bajado del coche y me he dado cuenta, en ese momento que todo el espacio es un vergel de castaños de distintos portes y tamaños. Cuando he empezado a subir por el sendero (antigua carretera vecinal) he podido ver la espectacularidad  de miles de especímenes y toneladas de castañas por recoger. Pienso que con esas castañas se podía alimentar millones de personas. De hecho, parece ser que uno de los argumentos para mantener las minas abiertas por parte del Imperio Romano, a pesar de su bajo rendimiento, es que la comida básica de los esclavos que trabajaban allí, lo tenían a mano. Cuanto más andaba, más me gustaba lo que iba viendo. He disfrutado muchísimo paseando entre esta verde exuberancia vegetal y las formaciones terrosas de un saturado color rojo que contrastan de manera brutal, bajo el azul oscuro de un cielo encapotado. Intermitentemente caía una fina lluvia que prácticamente no molestaba y realzaba más los fuertes colores. He ido haciendo fotos hasta que me he parado en un banco próximo a La Cuevona para comer algo de fruta. Pero al final del paseo por la zona baja la lluvia ha arreciado y el último tramo lo he hecho al trote ligero para llegar al coche lo antes posible.

Tras recobrar el resuello me he desplazado hasta el mirador de Orellán. Otra vez ha parado la lluvia. Una vez cruzado el pueblo he subido la rampa que sube hasta el aparcamiento y luego andando hasta la horrorosa instalación del mirador. Sin palabras al diseño de la megalítica estructura, vaya pegote. Al subir y mirar me he quedado sin respiración. Entre una mezcla de tonos de verdes y amarillos de los castaños emergen los montículos, vestigios de la antigua explotación minera, de un increíble rojo, bajo el desdibujado azul del cielo que seguía amenazando con soltar más agua. Me sentía de nuevo mareado, como me pasa siempre que veo algo de una belleza excepcional que no me esperaba. Una vez sobrepuesto de la sensación he puesto el trípode y la cámara en posición y he comenzado a hacer fotos. El cielo se ha roto de nuevo de repente y me he quedado con el equipo instalado, bajo el paraguas que me compré en un bazar chino de Verín, sin dejar de mirar el maravilloso y cautivador paisaje que tenía a mis pies. La lluvia ha amainado de nuevo y he hecho alguna foto más. Cuando ya no sabía a cuál encuadre hacer fotos he desmontado y me he bajado hasta el coche. Con la lluvia persiguiéndome y la luz bajando rápidamente he conducido hasta Villafranca del Bierzo, donde voy a dormir cuatro noches.

Me he duchado y he subido andando hasta el casco antiguo de la ciudad. Había dejado de llover y la temperatura bajaba por momentos. Me he decidido por un restaurante que me han dicho en el hotel, entre los distintos establecimientos que conviven en la antigua plaza. Me he tomado un vino de la tierra de uva Mencía y luego he pasado al comedor. El menú del día era muy correcto, el servicio y el precio también. Al terminar de cenar he bajado hasta el hotel y seguía lloviendo ligeramente, he mirado la previsión para mañana y va a haber chubascos todo el día por la zona. Así que no sé lo que voy a hacer mañana. Lo que está claro es que superar lo de hoy, en cuanto a sensaciones, va a ser un poco difícil. Me alegro de haber incluido Las Médulas en el itinerario del viaje a última hora. Ha sido un día espectacular.

JUEVES 22 DE OCTUBRE

 

Me he levantado muy temprano y tras ducharme y desayunar en el hotel he salido para ver el amanecer desde el Mirador de Corullón, que está a 7 kilómetros del hotel. No llovía mucho a la salida y desde allí se debía de ver todo el valle del río Burbia. Al llegar arriba tras una carretera sinuosa y húmeda por los bancos de niebla, me he asomado y había una visión espectacular del valle. Se veían pequeños trozos de espacios abiertos de color verde hierba rodeados de viñas y choperas con colores que iban desde el verde oscuro hasta el naranja, pasando por un sinfín de amarillos. Se vislumbraba también algún trozo del cauce del río. Pero lo que unían todos estos elementos eran los jirones de niebla que salpicaban algunas zonas y la tenue luz del amanecer que lo bañaba todo con un hermoso tono azul. A toda velocidad he desplegado el trípode y colocado la cámara en posición para comenzar a hacer un montón de fotos con distintos encuadres y ángulos de visión. Tenía que darme prisa porque esa luz no iba a durar más de 5 ó 6 minutos, antes de que apareciesen los primeros rayos de sol por mi derecha. Y así ha sido. La magia ha durado los justo.

He vuelto a bajar hasta el pueblo para dirigirme a un pueblo llamado Peñalba de Santiago. La carretera, tras pasar Ponferrada y aproximarse al destino, es muy estrecha y discurre en su mayor parte en paralelo al arroyo de Peñalba. Llovía ligeramente había que estar muy pendiente de la conducción por el tortuoso trayecto. Menos mal que no me he cruzado con nadie. Cuando he llegado arriba he disfrutado de un paisaje brutal del Valle del Silencio. Se ven grandes pero suaves alturas y collados tapizados de brezo, con algunos afloramientos rocosos muy antiguos y erosionados. Pequeños grupos de árboles de distintas especies ofrecen el espectáculo multicolor de otoño en algunas laderas. Durante los momentos que la lluvia desistía un poco hacía fotos. Si la lluvia arreciaba paseaba bajo el paraguas, por los prados convertidos en aparcamiento, que hay en la zona alta del pueblo. Del pueblo en sí, no comento nada ya que es como un decorado recientemente construido para uso turístico, por mucho premio al pueblo más bonito de España no se en que año. La mayoría de las construcciones son casas rurales, restaurantes y bares, la mayoría cerrados y otros muchos con carteles de “se vende” o “se traspasa”. Vuelvo por el mismo camino, pero aprovechando que ha dejado de llover, he parado en algún ensanche para hacer fotos de los márgenes del arroyo.

Al llegar a Ponferrada he subido a ver el paisaje desde el Alto del Cabreiro y ha sido un fiasco. Supongo que hace un siglo sería distinto. Lo mismo ha sido ir luego a un pueblo que se llama Balboa. Allí hay otro decorado con dos “pallozas” construidas para uso turístico. Es una pena ya que el sitio con su río y su ensenada debía de ser muy idílico con su bosquecillo de ribera. He tomado la decisión de volver al hotel, harto de hacer kilómetros en balde. Tras darme una ducha  estoy escribiendo y luego me voy a cenar. A ver si mañana mejora el tiempo y puedo ir a ver y a patear el Hayedo de Busmayor que creo que es una maravilla, aunque haya que andar bastante. que no me importa.

VIERNES 23 DE OCTUBRE

 

Cuando el día empezaba a clarear estaba ya en el pueblo de Busmayor tras haber madrugado mucho y haber tomado un buen desayuno. Busmayor es un pueblo como otros tantos de la comarca del Bierzo. Me he aproximado todo lo que he podido al inicio del sendero que lleva hasta el Hayedo y he estacionado el coche en un ensanche del camino al pasar la última casa del final del pueblo. Se me ha acercado entonces una señora y me ha dicho que allí no podía aparcar. Le he preguntado que por qué no y me ha contestado que si pasan las vacas y me estropean el coche que ella no quiere saber nada. La he tranquilizado y he comenzado la suave subida.

Al cabo de unos minutos la subida se va haciendo más empinada y más dura. El agua que corre por  los pequeños surcos y caceras va aumentando, anunciando lo que va a venir a continuación. Sin darme cuenta casi, aparece la primera cascada, llamada Beiro. Es algo impresionante y me ha sorprendido a pesar de saber que la iba a encontrar. En un precioso paraje la cascada destaca por sus cuatro caídas paralelas sobre una pequeña balsa. Me ha encantado y he pasado un buen rato haciendo fotos. Cuando he acabado de recoger el equipo y me disponía a seguir el camino, han aparecido dos personas, Silvia y Emilio. Hemos empezado a charlar y Emilio me he comentado sobre Peñalba de Santiago y el Valle del Silencio, donde estuve ayer. Me ha dado su número de teléfono y así esta misma tarde podríamos hablar para darme las indicaciones precisas a fin de hacer una ruta bonita acorde con mis posibilidades y acabando en una cascada. Nos hemos despedido y ellos han seguido por delante.

Mientras continuaba subiendo la lluvia ha apretado con lo que no he podido hacer fotos durante un rato. Sin embargo, cuando he llegado a la segunda cascada, ha dejado de llover y he podido hacer fotos de un bonito salto de agua que bajaba muy metido en una especie de talud. Me ha encantado. Cuando iba a volver al sendero para continuar hacia la última cascada, por un húmedo paisaje entre hayas y rocas llenas de musgo de un verde muy brillante, me he resbalado y me he caído. La consecuencia ha sido la rotura de un filtro degradado que me costó casi 200 euros y lo peor, que si lo necesito, ya no lo tengo. Pero bueno, no me he hecho daño nada más que en el orgullo trasero. El camino discurre por un trazado por el que el agua corre y he andado con más de cuatro dedos de agua durante un buen rato. El paisaje era embaucador, de una oscuridad teñida de verde con el murmullo continuo del agua. Chapoteando entre el agua que corre, el barro que hay y la lluvia que cae, he llegado a la tercera cascada, la de Abajo. Por suerte ha parado de llover y he podido disfrutar haciendo fotos a la sutil caída de agua escalonada. El camino de vuelta ha sido rodeado de pequeños plantones de haya, musgo y roca que formaban un conjunto de gran belleza. Cuando he llegado a una zona más baja el paisaje ha cambiado y se ha hecho más monótono.

Cuando he llegado al coche llevaba seis horas andando y disfrutando de una manera brutal, cansado pero contento. Llevaba el pantalón y las botas llenas de barro pero el agua no había entrado dentro de ellas y solamente estaban húmedas del sudor. La señora de esta mañana me ha visto y se me ha acercado para interesarse por mi paseo. Le he dado las gracias tras contestarle que me había encantado. A continuación he comido algo caliente mientras descansaba y me he dispuesto para el retorno. De vuelta al hotel me he dado una ducha caliente y tras ponerme ropa limpia me he subido andando al pueblo a darme un paseo, para conocerlo y tomar algo hasta la hora de la cena. La cena ha sido en el mismo restaurante de ayer y he cenado bastante bien, con un rico vinito. Tras terminar de cenar me he bajado hasta el hotel a escribir esto y en cuanto acabe me voy a la cama.

SÁBADO 24 DE OCTUBRE

 

En cuanto me he preparado tras darme una ducha y desayunar, he cogido el coche todavía de noche, para volver a Peñalba de Santiago lo mas temprano posible. La cuestión es que ayer Emilio, la persona que me encontré haciendo el sendero del Hayedo de Busmayor, me llamó por la tarde y me explicó una manera moderadamente cómoda para darme una bonita vuelta por el Valle del silencio y llegar a su cascada. El truco consiste en no perder demasiada altura en el primer tramo saliendo del pueblo antes de comenzar la subida.

He llegado al Aparcamiento que hay dentro del pueblo nada mas entrar y he vuelto a disfrutar de la belleza que se ve desde el mirador que hay allí mismo. He cruzado el pueblo y seguido el camino que he creído que era el adecuado, cuando el alba empezaba a clarear el cielo. Iba descendiendo por una antigua pista estrecha empedrada hasta que he visto una señal que indicaba la cueva de San Genadio. He comenzado entonces a subir por un sendero muy pateado ya que hay mucha gente que visita esa cueva. El trayecto ha sido bonito, pero al coger una desviación que marcaba un kilómetro y medio hasta la cascada, he entrado en un bosque cerrado por el que bajaba una estupenda corriente de agua, y se ha convertido en algo maravilloso. He cruzado el cauce por unos puentecillos en un paisaje oscuro y cautivador. He parado un rato para poder hacer unas cuantas fotos y he continuado el camino. En una bifurcación he visto otro cartel que indicaba un kilómetro hasta la cascada. En ese punto el camino se ha estrechado y se ha vuelto más empinado, haciendo muy duro el último tramo que transcurre por un precioso bosque de avellanos. Ha habido momentos en que tenía casi que gatear de la inclinación que había. Afortunadamente tras superar un corto pero fuerte repecho, he oído el ruido de la cascada y cada vez con mayor nitidez, hasta que aparece al superar una curva. 

Es una cascada preciosa encajada entre paredes muy verdes, que cae sobre una balsa de agua de grandes piedras y luego se vacía por una especie de torrentera muy empinada. He observado que con cuidado podría colocarme enfrente de ella para hacer fotos, pero que tendría que hacer varios viajes con mucho equilibrio. He dejado todo en sitio seguro y me he metido en el agua con el trípode en una mano y un bastón en la otra. He colocado y afianzado el trípode entre las piedras y he vuelto para coger la cámara. Con ella en el cuello y dentro de la chaqueta, he vuelto hasta el trípode con los dos bastones. He montado la cámara y he comenzado a hacer fotos con los pies dentro del agua. Cuando he terminado he hecho la operación al contrario hasta tener todo el material bien seguro. Satisfecho por todo, he tomado un tentempié y he bebido agua en abundancia pero tranquilamente. El comienzo de la vuelta ha sido casi peor que la subida, ya que las rodillas sufrían mucho. Pero estaba de subidón y al llegar al cruce, en vez de volver he ido a ver la cueva del Santo. Andando por la machacada vereda he llegado a la cueva donde hay una especie de altar con una talla en madera del San Genadio de algo más de un metro. Encima del acceso de la cueva hay una grieta en la roca por la que entra la luz que ilumina el altar. Supongo que habrá un día en la que el haz sea muy luminoso, y ese día supongo que será la romería de San Genadio. Os cuento, por lo que me han contado a mí, que este buen hombre era un fraile que vivía en un monasterio de por aquí. Cómo pensaba que la vida monacal era muy disipada y relajada, tras tener una discusión con el resto de sus compañeros frailes, optó por hacerse ermitaño en la cueva y dedicarse a la oración, la meditación y la contemplación.

Bajando de nuevo hacia el valle por la vereda, he llegado a un cartel, que había visto por la mañana, y desde allí, por un precioso senderillo rodeado por una buena variedad de arboles, he subido hasta el pueblo. Cuando estaba llegando, cerca del cementerio, he visto como una cincuentena de castaños. Algunos flanqueaban el camino y a éstos les he hecho alguna foto, lo mismo que al cementerio. Al entrar al pueblo eran casi las tres de la tarde y estaba cansado y hambriento, por lo que me he metido en uno de los pocos restaurantes que había abiertos, para descansar y comer. Me he despachado una ensalada mixta y unos huevos fritos con patatas y jamón, todo regado con un vinillo a granel de la zona, que estaba francamente muy bueno y estaba hecho con algo de uva de la variedad palomino, cosa rara en el norte de España. Al terminar de comer, descansado en parte y satisfecho, he cogido el coche y he vuelto hacia Villafranca del Bierzo, aunque antes he pasado por el Mirador de Corullón para despedirme de la zona y hacer alguna foto de recuerdo. Ya en el hotel, me ha dado una relajante ducha y luego he subido al centro histórico del pueblo a darme una vuelta y tomarme algo antes de cenar. Hoy he cambiado de restaurante y me he metido en otro vecino, en el que me he comido  unas judías verdes salteadas con jamón y un codillo asado espectacular. De postre un poquito de arroz con leche. Eso sí, el vino no era igual que el del otro restaurante, pero por 12 euros no se puede pedir más. De vuelta al hotel me está dando un bajón de cansancio a pesar de la satisfacción del día, así que en cuanto termine de escribir me meto en la cama. Me han gustado mucho estos días por aquí.

DOMINGO 25 DE OCTUBRE

 

Desde que he salido esta mañana hacia A Fonsagrada no ha parado de llover. No he podido hacer nada más que ver caer la lluvia desde dentro del coche. Al llegar al pueblo he cogido el desvío que lleva a Villagocende, a ver si en uno de los escasos ratos que amainaba un poco podía bajar a ver la cascada que lleva el nombre de Seimeira de Villagocende. He visto el aparcamiento y como no había nadie, he bajado por la pista que lleva hasta abajo a la base de la cascada. Me he bajado del coche y veía a lo lejos la caída del chorro que con todo lo que llovía tenía un color parecido casi al chocolate. Así que no he podido hacer nada y he dado la vuelta para llegar al hotel en A Fonsagrada.

Una vez en el hotel he hecho un poco de colada y luego me he dedicado a reorganizar el viaje en función de lo que no he podido ver por la lluvia y lo que me queda por ver en la zona, para poder variar el itinerario. A las siete he salido bajo mi paraguas a buscar el restaurante que me han recomendado en el hotel. Llovía a mares y la ciudad no parecía vacía, si no abandonada. No me he encontrado ningún alma, ni siquiera un bar abierto. Al llegar al restaurante me he dado cuenta que era un hostal del que había desistido ir porque me parecía un poco espartano. Como era pronto para cenar me he tomado un vino esperando a que a las ocho abrieran el restaurante. Todo lo que veía, mientras tomaba el vino era dejadez, decrepitud, abandono y suciedad. Menos mal que no me decidí por este hostal. Mis peores sospechas se ha hecho realidad al tomar un asqueroso caldo gallego recocido desde hace varios días y una merluza a la gallega que también era de la misma época. El colmo es que como es domingo me han pedido 15 euros por el menú y no 12 como anuncian. Pregunto la razón y me dicen que es domingo, pero no está escrito en ninguna parte. He salido cabreado por sentirme estafado además de ser otro de los peores menús de mi vida. Lo que me faltaba para rematar un día de mierda como el pasado hoy. A ver si me duermo pronto.

LUNES 26 DE OCTUBRE

 

Esta noche pasada he dormido fatal y cuando ha sonado el despertador llevaba mucho rato despierto. Debe de ser de que ayer no hice mucho ejercicio o por el cambio de horario del sábado o del propio cabreo. He tomado un estupendo y abundante desayuno en el comedor del pequeño y estupendo hotel en el que estoy alojado. He cogido la carretera hasta Louseira para intentar localizar la Fervenza Mexadoira. Al llegar al pueblo he preguntado a un paisano el lugar para acceder al sendero de la cascada. Me comenta que hace tiempo que ya no hay señales ni las cuerdas que había en los tramos difíciles. Desde que dejase el coche había que andar seis kilómetros y que el acceso hasta el mismo está en muy mal estado por la lluvia, lo que hacía imposible si no era con un vehículo 4x4. Total, que media mañana perdida, teniendo en cuenta que no llovía.

He optado por ir al pueblo llamado Queixoiro, para intentar hacer algo de la ruta do Forno do Bolo. Al llegar al pueblo he seguido todo lo que he podido por el camino que conduce a la bajada a las cascadas, ya que en ese momento volvía a llover intermitentemente pero con gran caudal. De esta manera, si llovía fuerte, tardaría menos en volver al coche. He dado la vuelta al coche en un ensanche del camino que está prácticamente en el comienzo del sendero que baja hacia las cascadas, y allí se ha quedado. En ese momento no llovía y por fin he podido pasear un poco. Primeramente he pasado por una construcción de piedra llamada “corripa” que es un secadero para las castañas. Luego, entre la frondosa vegetación he visto la primera cascada y más adelante, paseando junto al cauce del río, he llegado a la segunda cascada. No son gran cosa pero por lo menos he podido ver un bonito paisaje de bosque de  ribera y hacer alguna foto. He descansado un poco comiendo algo mientras comenzaba a diluviar de nuevo.

He vuelto a la carrera para volver hoy a Villagocende, para ver, con un poco de suerte la cascada. Al llegar al aparcamiento he visto que había dos coches y tras dejar el mío allí aparcado, he comenzado el descenso de kilómetro y medio hasta la especie de explanada donde ayer dejé el coche. Allí antiguamente se podía aparcar (no como hice yo ayer) e incluso hay un par de mesas con banco por si quieres comer allí. Desde este lugar se bajan unas escaleras hasta el ensanche del cauce y se puede cruzar el mismo por medio de unas pasarelas. Hoy la cascada trae menos agua que ayer pero se sigue viendo bastante turbia. El sol se ha asomado tímidamente entre las nubes de lo alto de la cascada. Tras pasar al otro lado del cauce me he acercado para buscar el mejor ángulo, según mi criterio para hacer unas fotos. Ha sido complicado ya que la cascada de mas de cincuenta metros de caída, está muy encajonada y al caer sobre la base de piedra se forma una gran nube de pequeñas gotas que se desplazan en horizontal hacia la garganta del río, por lo que el objetivo de llena de gotitas continuamente. La solución es preparar todo, poner el paraguas delante, limpiar la lente, quitar el paraguas y disparar. Con lo cual para hacer unas pocas fotos he tardado demasiado. De vuelta al coche ha comenzado a llover con cierta fuerza por lo que el último tramo lo he hecho deprisa, menos mal que es el más suave.

Una vez en el hotel me he dado una ducha caliente, me he relajado un rato y luego he salido a tomar un vino al bar de la pulpería que hoy si estaba abierta y donde después, por 15 euros, he cenado un menú del peregrino que ofrecía un perrillo de buen caldo gallego que me ha resucitado y un plato de pulpo a la gallega, todo ello con una frasquera de vino muy rico y tarta de Santiago de postre. Ha sido un lujo comparado con la basura de la cena de ayer. He vuelto caminando bajo la lluvia al hotel, donde estoy escribiendo un poco más contento que ayer, por el día pasado.

MARTES 27 DE OCTUBRE

 

Me he levantado y llovía. Y llovía mucho. Tras desayunar y recoger todas mis cosas he salido del hotel a las 8,30 horas en dirección  a Folgoso do Courel, en la Sierra del Courel o Caurel. La carretera estaba muy complicada por la lluvia, pero al entrar a la sierra más todavía al ser una carretera de montaña con muchas curvas. El paisaje que se ve desde la encajonada carretera es impresionante, con una paleta de todos los matices de amarillos, naranjas y rojos muy saturados por la alta humedad. Sin embargo no he podido bajarme a hacer ninguna foto ya que seguía diluviando y era imposible. Tras un largo trayecto por la LU-651 he encontrado el acceso al Pozo das Mulas. Como en ese momento apenas llovía, he decidido bajar por la resbaladiza y peligrosa escalera de pizarra que lleva a la ribera del río Ferreiros. He paseado un poco haciendo alguna foto hasta que la lluvia se ha vuelto insoportable y he vuelto a toda velocidad hasta el coche. Ha sido una pena ya que el bosque de ribera es muy bonito y hubiese disfrutado recorriéndolo un rato más largo. Así que de nuevo la lluvia me fastidia el plan.

He conducido hasta la zona de Marce, en la Ribeira Sacra de Lugo para ver la Fervenza Auga Caída. He llegado al aparcamiento y he aprovechado que llovía poco para descender rápido. El camino es cómodo hasta los últimos 300 metros, en los que el desnivel se hace más pronunciado y resbaladizo, para acabar con unos viejos escalones de madera. La cascada es bonita pero no he podido bajar hasta la base ya que en estas condiciones de humedad no me he atrevido sin tener una cuerda. He buscado el mejor ángulo posible y he hecho alguna foto de recuerdo. Durante la subida hacia el aparcamiento donde he dejado el coche creo que he hecho alguna foto curiosa, pero un nuevo chaparrón me ha obligado a terminar, casi corriendo, el recorrido.

Como el día para hacer visitas a sitios interesantes se ha acabado, he ido hacia Lalín bajo una lluvia que no cesaba. Al llegar al hotel me he dado una ducha y a continuación me he ido a ver el centro del pueblo. No paraba de llover y tras una vuelta bajo el paraguas, he entrado en un bar y me he tomado un vino. A continuación he vuelto al hotel donde he cenado una ensalada regular y lo que llaman el solomillo del carnicero con patatas y pimiento rojo. No ha sido nada del otro mundo en cuanto a calidad y me han cobrado treinta y ocho euros por la cena y dos copitas de vino. Pero es lo que hay. Me voy a dormir y a ver si mañana va todo mejor.

MIÉRCOLES 28 DE OCTUBRE

 

Nada mas terminar de ducharme y desayunar, he recogido todas mis cosas y me he puesto en camino hasta la Fraga de Catasós o de Quiroga. No llovía, incluso parecía que iba a salir un tímido sol. Ha sido un paseo muy bonito con la luz de la primera hora de la mañana, y la saturación de los colores por la humedad ambiental. He disfrutado durante un par de horas haciendo fotos por esa fraga llena de bonitos y oscuros rincones entre los restos de las fincas abandonadas desde hace tantos años. Una vez de vuelta al coche he conducido hasta Pazos, en A Bandeira, para conocer A Fervenza do Toxa o Catarata de Pazos, que parece ser que es la más alta de Galicia. Me he acercado todo lo que he podido hasta el sendero que conduce a la bajada ya que amenaza lluvia. La bajada está bien excepto el último tramo que es un poco más trabajoso. Pero lo peor es cuando una vez preparado todo para hacer fotos, ha empezado a llover  con cierta fuerza y el objetivo de la cámara se llenaba de pequeñas gotas. He hecho varias fotos iguales limpiando entre una y otra las gotas, pero en cuanto quitaba el paraguas, siempre caían otras. A ver si luego puedo hacer una foto decente montándolas. Cuando después de hacer la subida a toda prisa, he llegado al coche, ha dejado de llover y ha salido un tímido sol (Murphy no falla). He descansado y comido algo con una sensación de decepción. Per esto es así.

He decidido entonces ir a conocer la Fervenza do río Pereiro, ya en la provincia de A Coruña. He tenido la suerte de encontrar con el GPS un sitio para aparcar al final de una pista de las que se hicieron para las obras del Ave. Así que solamente he tenido que bajar 500 metros. El final ha sido un poco complicado y muy resbaladizo. Demasiado esfuerzo para ver una cascada que no tiene nada de bonita. La lado están los restos de un viejo molino lleno de basura y con sus grandes piedras rotas por los idiotas de siempre. he bajado por el cauce del río Saramo y he encontrado unos bellos rincones de vegetación de ribera. He pasado un rato haciendo fotos y luego tras gatear hasta el sendero, reseguido subiendo hasta el coche. La luz bajaba rápidamente y he optado por salir de allí lo antes posible. Cuando he llegado al pueblo más próximo, he investigado en internet para encontrar un hotel para dormir. La elección ha sido un hotel de carretera por el que había pasado unos kilómetros antes.

El hotel no está mal y lo mejor es que el precio de la media pensión es solo de 35 euros. Me he instalado, duchado y como el hotel está en medio de la nada, me he puesto a lavar calcetines. A continuación he ido al bar del hotel a tomarme un vino y en cuanto han abierto el restaurante he pasado a cenar una comida sencilla pero rica. Cuando he terminado me he venido a escribir las luces y sombras del día. Cuando acabe, como es pronto, voy a ver un poco la tele.

JUEVES 29 DE OCTUBRE

 

Como ayer me acosté temprano y no estaba muy cansado, me he levantado temprano para, tras ducharme, desayunar y recoger todo, coger la carretera que me llevaba hasta la Fervenza das Brañas. El trayecto se me ha hecho largo y pesado, sobre todo los últimos kilómetros por pista, pero ha merecido la pena. No es exactamente una cascada, sino que el agua cae por una pared dividiéndose en pequeñas caídas que a subes se van juntando hasta llegar a la base. He intentado hacer las fotos lo mejor que he podido a causa de la diferencia de color entre distintas zonas. Cuando he terminado he bajado de nuevo para llegar a ver las fervenzas del río Grande. Tras muchas vueltas a causa de un GPS despistado, he encontrado el camino que lleva a la capilla de San Paio de Codeso, desde donde se baja a la cascada de Codeso. Primeramente hay que caminar por un borde de un canal que alimentaba un antiguo molino. Al cabo de unos pocos cientos de metros aparece la cascada que es el punto de muerte del río Pontillón que cae sobre el río Ulloa. La cascada es bonita y lucida y he intentado hacer unas fotos que lo demuestren. De vuelta al inicio he cogido el coche y me he acercado a conocer las cascadas de Pontillón y la de Donas, pero la verdad es que ha sido mucho esfuerzo y mucho coche para lo que he visto.

Al final he salido a la carretera N-525 a cinco kilómetros de Santiago de Compostela y he decidido irme a darme una vuelta y a dormir. Me he buscado un buen hotel de cuatro estrellas moderno a poca distancia del centro y por solo 31 euros desayuno incluido. Eso sí, he tenido que dejar el coche en un aparcamiento vigilado a unos cien metros del hotel, por lo que he cogido solo lo imprescindible para llevar al hotel. Una vez en la habitación me he dado una ducha de lujo, me he puesto de limpio y me he ido a pasear por Santiago.

Me ha parecido muy raro pasear por las antiguas e históricas calles, antes abarrotadas de turistas y ahora pocos, y todos con mascarilla. Además al llegar a la plaza del Obradoiro no estaba como esperaba. Las tres últimas veces que he venido aquí, la fachada del Pórtico de la Gloria, o las torres o la escalera monumental estaban cubiertas con andamios y lonas. Para mí esta plaza esta llena de recuerdos de distintas épocas de mi vida. He ido a sentarme a la parte de la bancada de piedra, donde hace casi cuarenta años, pasé una noche de ensueño con mi moto al lado. Al final me he emocionado, sobre todo cuando he hablado con mi mujer y mi hija, con las que estuve aquí la última vez.

Una vez repuesto de esa marea de sentimientos, me he dado una vuelta desde Fonseca por todas las viejas calles y me he ido a la Alameda, ha hacerme un selfie, como hice años con mi mujer y mi hija, en el banco-estatua de Ramón del Valle-Inclán y luego lo he enviado. Me he sentido más animado y he decidido buscar un sitio para cenar. Normalmente las mariscadas son para dos personas así que como voy solo, he preguntado en una marisquería que me ha parecido bien, si tenían para una persona y me han dicho que si. He entrado y me ha tocado un camarero argentino pesadísimo que meta contado su vida. He pedido una ensalada de tomate, lechuga y cebolla mientras me preparaban la mariscada. La cena y las copas de vino han sido como un renacer de mis cenizas y me he animado tras los días de agua que he pasado. He bajado paseando hasta el hotel y al llegar me he pedido una cervecita que me he tomado mientras escribo. Me voy a acostar que mañana tengo que hacer muchas cosas.

VIERNES 30 DE OCTUBRE

 

Me he despertado resacoso, así que tras ducharme y desayunar en la cafetería del hotel, me he tomado un analgésico par espabilar mi cabeza. Cuando he terminado de recoger todas mis pertenencias he bajado cargado hasta el aparcamiento. He conducido por el caos de las afueras de Santiago hasta enfilar la carretera que me lleva hasta el bonito paraje de la Ermita de Santa Leocadia. Una vez allí he andado unos 500 metros hasta llegar a la bajada al río Nosiño. He bajado con cuidado por lo resbaladizo del lugar y me he encontrado con una espectacular, aunque no elevada cascada, que se abre en dos brazos, pequeños saltos de agua y un maravilloso vergel de ribera. He disfrutado mucho del lugar y del rato pasado haciendo fotos de varios rincones. Y además no me he caído con lo torpe que estaba al principio nada mas llegar y lo difícil del suelo. Ha sido un rato estupendo.

Otra vez en el coche y a conducir muchos kilómetros hasta llegar al Mirador de Ézaro, desde donde he disfrutado de unas estupendas vistas al mar. A continuación he bajado hasta el aparcamiento del río y desde allí he andado por la pasarela que hay debajo de las instalaciones de la central eléctrica para acercarme a la base rocosa de la cascada. El agua bajaba no con demasiado caudal, pero si lo suficiente como para formar una imagen muy bonita. Al llegar a la piedra donde quería hacer las fotos el sol se ha ocultado por una nube alta y al perder contraste la cascada parecía más bonita todavía. A toda prisa he aprovechado ese rato para hacer fotos, de las que creo que alguna será bonita.

Parecía que el tiempo volvía a empeorar y he vuelto tierra adentro hacia las Calderas del río Castro. Allí he dado un paseo por el borde del río después de comer. Este sitio tiene algunos tramos del río muy bonitos y salvajes. Ha habido algunos sitios en los que me he detenido a hacer algunas fotos. Sin embargo cuando he llegado al coche de nuevo, la lluvia ha envuelto todo el entorno con una densa luz grisácea.

Como ya veía que no iba a poder ver nada mas este día, he decidido que iba a buscar un sitio para dormir en la costa. Al final me he venido a un hotelito cerca del mar en un pueblo llamado Mazariños. Cuando he descargado mis cosas me he ido por una pista lo mas cerca que he podido del mar para disfrutar de la lluvia fundiendo en el horizonte con las olas. Ha sido un atardecer precioso con el que he disfrutado mucho a pesar de verlo desde el coche. De vuelta al pueblo he dejado el coche en la puerta del hotel me he dado una ducha y me he ido a dar una vuelta por el pueblo bajo el paraguas. Me he tomado un vino en un bar y luego he entrado a un restaurante en el que me he tomado una ensalada y unas tapas de marisco que estaba estupendo, sello de la Costa da Morte. Me ha encantado el día aunque no haya hecho ninguna marcha.

SÁBADO 31 DE OCTUBRE

 

 

Esta mañana a primera hora he estado mirando el pronóstico del tiempo. Ni hoy ni los próximos días va a dejar de llover sobre el norte de las provincias de A Coruña y Lugo que eran el final de mi viaje. Ante esta perspectiva y la imposibilidad de poder caminar ni hacer fotos, he decidido volver a casa, desde donde escribo el final de estos fantásticos días pasados  en Zamora, León y Galicia.